sábado, 12 de septiembre de 2015

La isla de San Andrés amaneció más radiante

Por: Cesar Cabrera 

La isla de San Andrés amaneció más radiante que lo que estuvo durante los últimos días, colores vibrantes bajo un sol intenso contrastaban con la flora uniforme de palmeras ondulantes y plantas robustas: gruesas hojas rellenas de savia ataviada de espinas; observé la imagen durante algunos minutos y sentí que mis ojos eran distintos, como si observaran otras dimensiones, como si mi visión del mundo se hubiera transformado... seguramente porque así fue. La casa vieja seguirá contando en silencio cómo alguna vez fue lujosa, así yo esté ya muy lejos; ecos de muchos años resuenan en su papiamento pintado de muchas lenguas ahora poseído por el espíritu paisa y la historia contada en una lengua que a pesar de seguir viva a nadie importa agonizará unos años más al son de la explotación turística. Me despido de la isla en medio de una brisa que suena como una novia enamorada que posa su mano en mi pecho y susurra un te amo inesperadamente, un perfecto beso robado... imaginario en el aire del regreso. Pero para honrar por última vez este pequeño trozo de tierra rodeado de un mar sereno de azules perfectos y otros colores imposibles, contaré brevemente los eventos que me comunicaron por un instante con el espíritu del mundo, así: inesperadamente, de la única forma que puede ocurrir.


Habíamos buceado durante dos días seguidos, nuestros cuerpos apenas podían desaturarse del nitrógeno en la sangre acumulado en ascensos desde 40 metros bajo el agua; nosotros mismos, al llegar a tierra firme, seguíamos navegando a no sé dónde sobre olas de carcajadas que ni una narcosis por nitrógeno podrían explicar. Tiburones acechando en el fondo del arenal 30 metros más abajo de nuestras aletas, serenos y poderosos, seguros de sí mismos, hermosos... fascinantes; pulpos escondidos en las grietas como babosos gatos del océano, tímidos cangrejos coloridos tratando de ocultarse entre las rocas que adquieren vida por la dinámica oceánica, sensuales anémonas casi tan venenosas como las pieles aterciopeladas de una mujer sin corazón y mil peces de colores jugando entre corales hicieron nuestras delicias cada mañana perlada de burbujas y muecas casi silenciosas bajo el agua; el penúltimo día guardaba la mejor sorpresa: un buceo nocturno a más de 20 metros bajo la superficie y aunque las expectativas eran grandes, nadie esperaba lo que finalmente ocurrió. Más tarde un biólogo de Atlantida, el centro de buceo, indicaba que el fenómeno sólo podía ocurrir en ese punto bajo la superficie.


 El bote se tambaleaba bajo un atardecer isleño de poniente nublado. Las instrucciones de buceo, bajo los últimos rayos de un sol agonizante, tenían nuestra atención tan anclada que la tarde se teñía de gris sin que nos diéramos cuenta. A la cuenta de tres nos fuimos lanzando al mar, las olas jugaban con nosotros como un animal salvaje que no sabe la fuerza que tiene cuando juega, yo trataba de ajustarme torpemente el equipo de buceo mientras la oscuridad nos abrazaba, los demás buzos se hundían y una lluvia fina empezó a caer sobre nuestras cabezas aterciopelando dulcemente el mar agitado. La respiración no podía ser tranquila: por primera vez me sumergía en el océano en medio de la noche, erráticos haces de luz se veían a lo lejos, el zooplancton compuesto por cientos de milimétricos gusanos y cangrejos pasaba ágilmente delante de mi linterna que apuntaba por instantes al fondo arenoso o al tanque de algún otro buzo en la distancia, una turbulencia viva parecía mordernos mientras revoloteaba alrededor del haz de luz.


Poco a poco fuimos perdiendo el miedo, los colores del coral, enmarcados en el foco de cabaret de la linterna, brillaban como si estuvieran recién pintados y los pulpos ya no tan tímidos nos permitían verlos en plena cacería sobre corales que cobijaban a peces dormidos sobre la roca. Nuestros ojos seguían hiperdilatados en medio de una atemorizada búsqueda de nuestros compañeros y las joyas del océano más vivas que de costumbre reveladas por un instante en un cono de luz foránea a veces solitaria y otras veces encontrada sobre un animal mágico del fondo. De pronto, a un par de metros del acantilado coralino, en medio de una comunión realmente sagrada bajo el agua nos encontrábamos gregarios, sin palabras, sólo burbujas y un silbido sombrío de exhalación moribunda que salía de los reguladores en medio del océano desnudo. Los otros buzos empezaron a tapar sus linternas con su cuerpo en un gesto en principio contradictorio que nos dejaba poco a poco en una oscuridad total a 24 metros bajo el agua, a merced de un dudoso control de las aletas, la flotabilidad neutra y la respiración del aire comprimido, acto cuyo impacto quedaría en mi memoria como el sueño más inverosímil y a la vez más profundo que hubiera experimentado jamás.

La emoción era mayor en la oscuridad. La noche hizo parte de mí como siempre pero esta vez una sangre de adrenalina fatal me hacía parte de todo, tras un par de minutos pude observar el plancton brillar ante la agitación de mis manos y fue genial: como un niño que por primera vez observa una luciérnaga que responde al juego, flotando a oscuras en medio del mar, volando tranquilo y sonriente. Pero allí, como un espíritu errante que de pronto descubre su verdadera libertad, miré hacia la distancia cómo en medio de esta intensa oscuridad se iluminaban miles de puntos de un azul intenso, bailaban lenta y sensualmente mientras llenaban todo el campo visual, en todas las direcciones, de cerca y de lejos, arriba y abajo, sin ningún estímulo intencional aparecían como estrellas recién nacidas en una nebulosa lejana sólo para que yo las pudiera observar. Millones de puntos azules, en un fondo totalmente negro se encendían lentamente y se volvían a apagar, cadenas de luces alternadas lentamente revelaban la forma de un organismo transparente, diminuto, curvado en el espacio lleno de agua y vida. De pronto nos vimos sumergidos en un aleph como el de Borges: ubícuo, universal, perenne, haciéndonos partícipes de una fantasía que nadie ha visto, metíendonos en la magia de cada noche bajo el océano; nosotros, el océano, la tierra, la vida, la evolución, las estrellas de la nebulosa junto a nosotros, el polvo estelar que se iluminó para recordarnos el origen del tiempo, lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos, el amor y la risa, las lágrimas y un suspiro del universo que nos dejó sin aliento, la sangre y el mar.

Poco a poco volvimos a destapar las linternas pero nuestra visión ya no era la misma, por un instante fuimos uno con el mundo, con el universo, con el origen del tiempo. Pasamos al otro lado del agujero de gusano, la noche nos penetró para siempre dejando un rastro de luces intensas de colores mágicos, la muerte, las lágrimas, la risa. El aire comprimido se extinguió mucho más rápido de lo que hubiéramos querido y durante la parada de seguridad volvimos a echar un vistazo a nuestra nueva noche: llena de fantásticas criaturas que nos llevaron a las estrellas una vez más.

Al salir nos esperaba una luna llena gigantesca de color rojizo, la hechicera de mis mejores momentos que se replicaba danzante en el agua del mar, un anochecer temprano, un renacimiento, una transformación.

jueves, 7 de agosto de 2014


Crónica de la Primera vez que buceé

Por: Cesar Cabrera




Era una tarde lánguida de un Domingo singular, sin saberlo estaba pactando conmigo mismo una aventura que me había prometido muchos años antes, ya de adulto, pero que me acercaría mucho a lo que hacía mucho tiempo no sentía. Dos días antes, en unas horas libres del trabajo rutinario que por fortuna me habían encomendado realizar, tropecé con una tienda de buceo en medio de las calles abrasadoras del Rodadero en Santa Marta y pregunté sin tener realmente muchas esperanzas de poderlo hacer dado que era posible que me tocara trabajar todo el fin de semana; aun con tan pocas posibilidades, preferí arriesgar una parte del costo para evitar cualquier excusa, terminar el trabajo antes de lo previsto y tener tiempo para una cita con los peces, las anémonas y el coral. Ese día, llegué unos minutos más temprano de lo previsto, antes del mediodía y con un poco de hambre pero no estaba dispuesto a faltar. En la tienda sólo estaba su dueño, inquieto y preocupado mientras me explicaba que se tenía que ir, que estaba allí por pura coincidencia, que la instructora debía llegar en cualquier momento y la llamaba insistentemente con una impaciencia bogotana aunque su acento fuera de un país del sur del continente. Entretanto, yo aproveché para cargar energías con cualquier comida rápida que se me atravesó mientras llegaba la instructora.

Poco después de que llegara ella, Nataly de la Atlántida, iniciamos un pequeño viaje por la capital de un departamento de Magdalena lleno de contrastes, sofrita día a día por altas temperaturas y la decidía gubernamental; pasé por el centro histórico, su turismo y sus riquezas desfilaron brevemente por la ventana de un taxi viejo; luego pasé por los sórdidos barriales paupérrimos de la loma, por los cuales desfilaron esta vez grandes canecas de colores entre la carretera y casas rudimentarias y ajadas, una muestra colorida, evidente y crítica de la escasez de agua esperando la lejana provisión potable; el taxista contaba historias sobre las guerras de microtráfico en el sector, los muertos cotidianos y su población anestesiada por los picups que calmaban cualquier agitación hasta la madrugada. Cuando llegamos a la cima de la pequeña loma, se abrió ante mis ojos la mágica bahía de Taganga, rodeada por un pequeño poblado de gente humilde, pescadora y anfitriona de turistas de todo el mundo. La bahía extendía un tapete de agua hasta el horizonte, teñido de un azul profundo y arrugado por las ventiscas propias del mar en un mediodía tardío; botes perezosos flotaban casi inmóviles y pequeñas velas se levantaban hacia el cielo mientras el taxi nos bajaba sinuoso por una carretera polvorienta, cargando no sólo nuestro equipo de buceo sino una emoción que alivianaba el alma y que se incrementaba en la medida que nos acercábamos a la playa.

La tienda de buceo donde llenaron nuestros tanques se abría completamente: puertas y ventanas, un desorden fascinante de aletas, tanques y caretas, mangueras de reguladores y barómetros. Nosotros pagábamos el transporte y el alquiler de los instrumentos con dinero y con una sonrisa tan amplia que brillaba como para descubrir el Titanic. Una lancha a motor nos llevaría a punta aguja, donde mi instructora y yo nos sumergiríamos por primera vez en el Calichan tomados de la mano como si el acantilado bajo el agua fuera tan peligroso como un centro comercial gigantesco y yo fuera el niño travieso que sentía ser en ese momento al pié del majestuoso parque Tayrona.

El mar estaba calmado y azul, el bote saltaba de vez en cuando salpicando juguetón a todos sus tripulantes. Pequeñas embarcaciones pesqueras flotaban dispersas por una costa acantilada y cimientos de casas de lujo sin terminar parecían asomarse fisgonas sobre una costa fractal. Cuando llegamos al Calichan nos vestimos de focas torpes: un traje de neopreno ajustado con cremalleras en los tobillos y una desde el pecho hasta el ombligo que me hacía ver casi atlético; un cinturón de lastre con 10 libras en la cintura en forma de pequeños lingotes de plomo, grandes aletas de pez de mentiras que nos hacían aún más torpes de lo normal al interior de la lancha, una careta que tapaba completamente la nariz y con la cual tocaba empezar a respirar por la boca, en un par de minutos reseca. Un chaleco inflable y un tanque de unos 70 centímetros de largo que caía más abajo de las nalgas y que no me dejaba sentar bien se armaba de cuatro mangueras que salían de la primera etapa de regulación de aire: la segunda etapa del sistema, regulador de emergencia, medidor de aire y profundidad e inflador de baja presión para el chaleco, todo formando una pequeña maraña que nos abrazaba como un pulpo mutilado y flaco. La mano izquierda en el cinturón de lastre y la derecha en la careta, miré al interior de la lancha mis aletas grandes y torpes antes de botarme, no sé cómo, de espaldas por estribor.

La primera sensación es angustiosa, aunque empezar a respirar por el regulador antes de lanzarse al agua tranquiliza un poco; estar en el agua con la nariz tapada y sin mucho control de la posición es incómodo, inquietante. Casi toca apretar un poco los dientes para mantener el regulador en la boca, resistir la tentación de quitarse la careta y respirar tranquilo, el chaleco y el tanque dominan inicialmente la situación. Nataly de la Atlántida, la instructora bogotana que parecía la alumna, como en varias ocasiones me lo hicieron sentir las preguntas en la tienda de buceo y en la misma lancha, me indica que me recueste ligeramente sobre el chaleco y nade de espaldas, insiste con su falso acento pastuso que aunque no lo crea es mucho más fácil, lo cual efectivamente cambia toda la situación, momento en el cual uno puede reírse de sí mismo entre burbujas a medias en la superficie de un mar indiferente. Nataly me recuerda las reglas y señales básicas, las maniobras mínimas que se realizarán inicialmente en la superficie y luego bajo el agua, enfatizando que en ningún momento me debo soltar de ella en la primera inmersión.

Bajo la superficie todo es muy distinto, volamos lentamente al lado de un acantilado apenas tocado por los corales, Nataly desinfla poco a poco el chaleco y nos sumergimos cada vez más en un océano que el ser humano sólo usa para esquilmar su riqueza y botar su heces pero que desconoce casi tanto como su propia capacidad de destruir. La respiración se escucha gorgojear lentamente por el regulador, observo cómo cambia mi flotabilidad cuando sostengo el aire y manejo la distancia al fondo con la respiración. A pesar de mi atuendo en vez de una foca parecía más bien una semilla de manzana en una bebida carbonatada.

El agua acaricia con cariño los corales flexibles del arrecife, jugamos a asustar unas pequeñas anémonas fantásticas y nos vamos huyendo de un posible padre regañón; vemos de cerca los peces de colores que rascan los corales, los payasos que pasan rápidamente de una anémona a la otra y enigmáticos esqueletos de manglar solitarios en el fondo del arenal mientras yo compensaba regularmente la presión con un soplido que inflaba mis tímpanos, soltando un agudo y sutil grito para mi interior. La confianza de la instructora fue suficiente para dejarme volar solo en pequeños intervalos mientras ella también se extasiaba con su observación de bióloga anarquista y rebelde. Más pronto de lo que quisiera, se acercó a inflarme el chaleco, subimos lentamente a la superficie y en cuestión de minutos estábamos en la lancha de nuevo ávidos de llegar al sitio de la segunda inmersión.

Los motores fuera de borda, apenas encendidos, emanaban el olor desagradable de la gasolina y el aceite, de pronto me vino a la mente, como bocanada de diesel en la cara, la imagen de una calle cualquiera de la gran ciudad. Nos movimos lentamente unos cientos de metros al lado del acantilado, las expectativas eran más de 12 metros de profundidad, una corriente marina y la manipulación libre del equipo de buceo. De nuevo el equipo en su lugar, las aletas torpes al interior y el mar que de pronto me abraza violentamente por la espalda como una amante loca después de muchos años de ausencia.

Otra vez Nataly me hace las indicaciones del caso, de nuevo las señas que en la primera inmersión utilicé mal y me ayuda a sumergirme a su lado. Volamos unos metros más abajo de la superficie, el mar es más oscuro que la primera vez, vamos cuatro buzos bajo el agua y yo sigo a la pareja experimentada que viaja con nosotros. Después de un par de minutos Nataly me detiene bruscamente e indica con señas que seguimos otro "camino" y ellos se van en otra expedición. Minutos después Nataly parecía jugar conmigo haciendo una posición de Loto bajo el agua, mientras insistía son señas que yo también debía hacerlo lo cual hice sin dificultad; más adelante, tal vez para tomar una foto que valiera compartir, me indicó que me quitara las aletas en un arenal a 12 metros bajo la superficie, yo dudé inicialmente porque no me parecía segura la situación, ¿cómo me las pondría de nuevo?, sin embargo, con toda la calma me senté y me despojé de mi limitada propulsión mientras Nataly me filmaba y parecía burlarse de su pupilo hasta que hizo la señal de OK típica de los buzos y continuamos. Más tarde, me explicó que todos eran ejercicios de buceo básicos que hacían parte de la "prueba" y que orgullosamente ejecuté con habilidad.

A nuestro lado pasaban peces ángeles gigantes: unos enormes discos negros con sutiles bordes verdes en sus escamas y encajes de bolero a manera de aletas alegres... siempre en parejas moviendo sus colas a la par. Peces loro gigantescos, un pez aguja que parecía una barracuda menor, el terrible pez león y los payasos correteando por entre el coral. De pronto, saliendo un poco del litoral, sentí no controlar la situación, me alejé rápidamente del sitio en el cual estaba, se me perdió momentáneamente de vista la instructora y me dí cuenta que viajábamos en la mano de una cariñosa corriente marina que nos llevaba poderosa en un tour subacuático. Controlar un poco el vuelo, nadar contra la corriente y parar para mirar un pez, jugar y observar la vida cotidiana de los animalitos del mar, respirar profundamente en medio del agua y volar, como si fuera un ave exótica en un aire de almíbar, en un éxtasis amniótico, como un espíritu en paz... nada me pudo preparar para verme allí, volando en el océano majestuoso, entre corales, peces de colores, caracoles y corrientes de mar; un niño despreocupado, un infantil yo interior que no tenía esperanza de volver a encontrar.




miércoles, 18 de junio de 2014

Recorriendo el camino de la Tortuga Marina

En Santa Marta podrás bucear con Tortugas Marinas.


Por estos últimos meses hemos tenido el grandioso placer de tener una tortuga  marina  residente en uno de los lugares más hermosos del Parque Nacional Natural Tayrona, a la altura de Isla Aguja, donde el buceo se encuentra habilitado. Este hermosos ejempla de talla media, se ubica entre los 15 y 20 metros de profundidad en el famoso punto Salichan. Para ingresar solo debes llegar a la boya de amarre del Salidero en la isla y toma rumbo norte. El buceo se debe realizar solo de ira. Aproximadamente a los 25 min de buceo la encontrarás sobre una comunidad de corales blandos generalmente, donde se camufla con gran estilo. Si no eres observado puede que pase desapercibida.

Este buceo es recomendado para cualquier tipo de buzo, pero debes ser precavido, pues ante cualquier movimiento fuerte o torpe, la tortuga parte rumbo aguas más profundas.



Si estas interesado en bucear en este destino y muchos otros de la región, te esperamos en el Centro de Buceo ATLANTIDA. Realizamos salidas todos los días en la mañana o en la tarde. Reserva tu cupo ahora en info@atlantidabucea.com


NO DEJES PARA MAÑANA LA TORTUGA QUE PUEDE VER HOY
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